El Evangelio de la Estantigua
Me hallo parado ante mi reflejo inane, al pie del espejo llamado nostalgia que habita en la orfandad lúgubre que el estigma de nuestra historia efímera y crepuscular dejó en mi corazón, cuando el tiempo egoísta se robó la tinta para seguir plasmando amoríos, sin saber que estaban en vísperas de la adelfopoiesis, a punto de decirse adiós para el siempre que nunca termina.
Zozobra melancólica, ponzoña de mi alma lánguida y exangüe por lo que recité al viento antes de nuestro último beso. Escribo elegías ante el duelo de no ver tus ojos en el ocaso, de no sentir tu presencia en el eclesiastés el cual te extraña con recelo. Vivo recuerdo soy, un pionero del dolor; me ato al pasado y abrazo lo vivido: limerancia es mi nombre y estantigua es mi pasión.
Desolado me encuentro entre la oscuridad. Clepsidra maldita e inmarcesible, me dejaste sin lágrimas que derramar; solo tengo sangre entre mis dedos porque intento escapar, pero estas paredes tienen vidrios enterrados con promesas, las cuales están rotas. Más acoquinada está mi alma por no aferrarse a la esperanza, a la luz que se apaga con cada lágrima que no ha de brotar.
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